La primavera se maneja, de alguna forma, con una lógica mercantilista. Impone un modelo de consumo del buen tiempo distinto del que se observa en otras épocas del año. Pareciera que, cada vez que la temperatura supera un límite y pasa a ser digna de estar en la playa, el aire decide descomponerse. Las tormentas convectivas, aquellas que se forman a raíz de la condensación del vapor a causa del calor, son altamente frecuentes entre noviembre y febrero. Pero es en el período primaveral donde más se hace evidente esta forma de ver las cosas. Por ejemplo, este sábado. Otra vez, el viento del noroeste y el sol abrasador calentaron, desde las primeras horas de la mañana, el ambiente; alcanzamos los 29,5°C pasadas las 14. De repente, (y nunca mejor usado el término), aparecieron unas nubes oscuras y ¡chan!, un trueno. Al rato, el cielo estaba nublado, la temperatura era de 19°C y se desataba una tormenta consistente en viento regular del sur y una cantidad copiosa de agua que devolvió a la tierra el vapor que el sol le había quitado horas antes. Tras el ataque tormentoso, las nubes se retiraron, quedó el aire húmedo y fresco y la presión baja. Y aquí no ha pasado nada.
Más lindo había sido el viernes, que teniendo aire seco y temperaturas un poco más bajas fue más disfrutable. En cambio, el domingo comprobaremos que todavía no ha pasado un frente por la zona. Esto implica básicamente una cosa: el aire es el mismo, pero ahora más cargado de humedad gracias a la tormenta de esta tarde. Por lo tanto, esperemos una elevada temperatura, sensación térmica molesta, cielo con nubes abundantes y un descargo convectivo agresivo sobre la tarde/noche del domingo. Entonces será cuando, frente frío mediante, el viento cambie y tengamos un lunes fresco y nublado. Esto es la primavera, que prometería traer, para simplificar las cosas, una carta en la que figuren los precios (que se pagan con lluvias) de los días más o menos lindos o calurosos.
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