El país vive un momento que no se sucedía desde 1990: los días anteriores a una final del mundo. Mientras tanto, el planeta sigue girando y el tiempo sigue su eterno curso, aunque no le prestemos demasiada atención. Pero es menester de este sitio informar y explicar cuestiones meteorológicas, y no es la del Mundial excusa válida para dejar de hacerlo. Tampoco el hecho de hoy sea el día del meteorólogo argentino, dado que nací en estas tierras pero todavía no tengo título. Pues bien, la presión sigue siendo alta. Si bien ha tenido variaciones entre ayer y hoy, no se puede decir que haya salido del estado en que se mantuvo toda la semana. Ayer fue el último de tres o cuatro días fríos, con heladas pero humedad relativamente alta a causa del viento del este que empezó a inundar el aire de vapor propio del mar. Este viernes, ya más nublado y algo gris, tuvo temperaturas más clementes, y viento que tuvo un comportamiento muy propio de la primavera o el verano, soplando desde el norte hasta media tarde, cuando rotó al este. Por estas horas de la noche, la humedad y la pesadez, aunque con frío, son evidentes. Esta es la previa del fin de semana que se viene.
El caldo de cultivo anticipa lo que a esta altura se puede olfatear. La lluvia va a estar llegando a la ciudad mañana por la noche, pero no esperamos que se extienda durante todo el domingo, sino sólo durante las primeras horas. Va a ser una lluvia entre débil y moderada, por lo que no esperemos un diluvio ni mucho menos. Lo curioso es que, al no estar previsto el cambio de aire, la situación de pesadez e inestabilidad se extenderá hasta el martes, cuando sí sea más probable que haya tormentas o lluvias fuertes. Antes, la temperatura y la humedad se tornarán muy densas; ni el invierno nos va a salvar. Pero en fin, retomando la idea que dio inicio a este post, a quién le va a importar la lluvia si Argentina es campeón.
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