lunes, 3 de junio de 2013

Todos los años, la misma historia

  Es una obviedad, pero se repite siempre. Desde que tengo memoria, durante todos los mayos y junios planteo, al igual que la mayor parte de la población, mi queja central con el invierno. No me molestan el frío, el viento o la lluvia (más bien, todo lo contrario); mi problema, como el de tantos, es el de la corta duración de los días con luz del sol. Esto de que a las 17:45 ya esté casi de noche no me va. La principal desventaja de esto es que uno limita sus actividades fuera de casa, y aumenta las de dentro, generando una cantidad de tiempo libre que no termina sirviendo para nada más que para el ocio. Por otra parte, la noche representa para el ser humano la oscuridad, el miedo, lo desconocido, por lo tanto nadie más o menos normal puede hallar mayor felicidad en que los días duren nueve horas. Igualmente, insisto en que seguramente durante toda mi vida siga quejándome de algo que no se puede cambiar. Y no es tan grave, che.
  Mientras tanto, se ha lanzado el sexto mes. Arrancó atípicamente templado por la tarde del sábado, para derivar en una inesperada tormenta y en un domingo frío, chaparronero y algo ventoso. La presión atmosférica volvió a subir por algunas horas, pero este lunes, en el que las nubes ganaron espacio y pareció avecinarse la lluvia, nuevamente el barómetro cierra midiendo menos de 1006 hPa. Los días que vienen van a tener alta variabilidad; el hilo conductor será el viento que va a seguir llegando desde el continente. Las temperaturas frías por las mañanas y las tardes agradables también van a seguir, aunque con marcados altibajos. En definitiva, no se aprecia una instalación verdadera del invierno, sino una especie de antesala de otra cosa que no se sabe bien qué va a ser.

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